sábado, 10 de agosto de 2019

UN PACIENTE, DOS CIRUJANOS

Qué simplista es analizar una gestión sólo por sus desaciertos económicos.
Porque si bien los aspectos a considerar son muchos, es el área económica aquella en la que el Gobierno de Mauricio Macri viene reprobando.
Es la gran asignatura pendiente.
No reconocerlo sería caer en un negacionismo inconducente cuando, se sabe, el principio de las soluciones comienza en el mismo reconocimiento de los problemas.
Sin soslayar que muchos de los considerados como errores, desde férreos opositores y un segmento de votantes desilusionados, acaso no hayan sido tales, sino medidas necesarias que en primer término minaron popularidad por su dureza.
Pero son conocidos los logros y los cambios propositivos. 
La política energética, la política exterior, la obra pública de renovación de rutas, tendido de cloacas e importantísimas tareas de saneamiento, la reactivación de los trenes, conquistas que no hacen más que confirmar el decisivo paso que el Gobierno de Mauricio Macri ha dado para  modernizar y hacer más sustentable a la Argentina.
Pero vivimos aún un fenómeno de post- populismo, luego de un chavismo explícito y progresivo nacido en 2003 y que recién se detuviera hacia finales del 2015. Y del que es responsable la mayor parte de la población, portadora del gen peronista y acostumbrada a que el Estado le regalara la jubilación, la luz, el gas, el transporte, el fútbol, moldeándose así el "modo argentino".
En ese 2015 bisagra los populistas perdieron las elecciones, incluso las de medio término dos años después, aunque permanecieron ahí, agazapados, en estado latente, cobijados por el parlamento, mimetizados en organismos del Estado, en pie de guerra y constituyendo la oposición más feroz de la que se tenga memoria.
Entretanto, el Gobierno de Macri sigue intentando como puede componer una economía disparatada que le tiraran por la cara, sin éxito hasta el momento y con varios cisnes negros dando vueltas: lo fue la sequía récord en 50 años, lo es ahora la guerra económica entre China y EE.UU, que recrudece justo en nuestra actualidad pre-electoral.
Es cierto que en cuanto a expectativas de inflación se cometieron errores, así como en ciertos aspectos macroeconómicos.
Se habló de más en la previa, se subestimó esa enfermedad de casi ocho décadas de existencia que castiga fundamentalmente a los pobres.
Pero había que conducir el timón del Titanic luego del roce con el iceberg.
Había que hacerse cargo sin que la bomba se activara.
Como un cirujano, ante la intervención de un aneurisma en un paciente de riesgo. Sin tocar ninguna arteria vital, con poco tiempo de acción.
Hoy percibimos como error no haber hablado desde un principio, sin anestesia ni reticencias, sobre el caos encontrado y sobre el pronóstico real del paciente a intervenir.
Pero ello es como hablar de los resultados del fútbol con el diario del lunes.
Muchos asesores aconsejaban no preocupar de más a la gente, no sobrecargarla de entrada con malas noticias, sobre todo a aquél sector tan propenso a considerar, aún en poco tiempo, que el remedio podía ser peor que la enfermedad.
Siendo ya tarde para llorar sobre la leche derramada, sobre lo que se hizo y no se hizo, sobre lo que se dijo y no se dijo, queda el enorme desafío por delante de componer al enfermo.
Aunque en el medio están las elecciones, y sabemos lo que nos espera si vuelve ese justicialismo dark: el inexorable camino hacia a Venezuela.
El paciente se encuentra aún en estado delicado, en cuidados intensivos.
Y el cirujano ya puso las grampas de platino al aneurisma alojado en su cabeza.
Hay que empezar a cerrar de a poco la herida.
Que a la intervención la prosiga el equipo de Macri, apoyado por el FMI y por las principales economías del mundo, es una cosa.
Si fuese el kirchnerismo, en cambio, el vencedor en la elección definitiva, se calzara el guardapolvo blanco y con los guantes de látex tomara el bisturí, podría representar que el quirófano sea de una extrema similitud al de cierta clínica de Berazategui...


Pablo / @Druidblogger






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