domingo, 9 de abril de 2017

#NiUnoMás

Ayer domingo amanecimos sacudidos por una noticia dolorosa: habían hallado el cadáver de una joven desaparecida durante varios días, en un paraje alejado del centro de una ciudad del interior y con clara evidencia de haber sido ultrajado previamente. A partir de allí fue variopinta la consecuente estela de opiniones, de consternación real o impostada, de dolor humano o partidario, de especulación política o de interpretación técnico - jurídica. Pero era tarde ya, teníamos una muerte evitable, una joven vida segada, ilusiones que terminaron en la gris neblina de la injusticia y la perversión, una familia destruida, una ciudad movilizada y, penosamente, una sociedad dividida. Siento mucho encono, como hombre y ser humano, como persona de bien y como padre potencial. Lo primero que experimenté es imaginar qué habría hecho yo estando en la piel de ese pobre padre al que le entregaron los despojos de lo que fuera su hija. Aún así, intentando practicar la más utópica de las empatías, sigo hallando a padres y familiares de víctimas a los que, acaso, el estado de shock los mantiene aletargados, con temprana resignación, con indignación morigerada; no voy a juzgarlos, tanto porque no me cabe el rol de juez, tanto porque a mí mismo me saca de quicio el que me sometan a la parcial vara del prejuicio, del apriorismo de una opinión infundamentada. Sé, sí, lo que hubiese querido yo en una situación de amarga analogía: que me dejaran en una habitación, solos, hombre a hombre, con el monstruo capaz de haber llevado a cabo tamaña aberración. No queda todo allí, por cierto. Vuelven las consignas de impacto visual, los hashtags inocuos, la viralización sostenida de ideas pequeñas e inacabadas. Y mi encono cobra fuerza entonces. Observo en primera instancia la enorme incapacidad analítica colectiva. El repetir #NiUnaMenos como un amargo mantra, vestirse las mujeres con el luto italiano de inicios de siglo XX, la superlativa candidez de "todos y todas" de dejarse llevar en andas por el sesgo ideológico y caer en sus dañinas garras. El troskismo, entonces, se envalentona y pone primera sacando cifras parciales: "Es el precio de practicar el Capitalismo salvaje (¿?), en los países de espíritu capitalista, como ahora la Argentina, muere una mujer cada 30 horas". Olvidan decir, por ejemplo, que en esta "Argentina Capitalista" muere un hombre cada 3 horas. Y lo peor de todo nos lo ofrece, como de costumbre, el sector kirchnerista. Citaré apenas dos opiniones con el fin de no suministrarles una gran dosis de veneno. Florencia Saintout, decana de la Facultad de Periodismo de la Universidad de La Plata, sostuvo que el asesinato de Micaela es el fruto de una sociedad patriarcal. Y la exitosa hotelera, descendiente de arquitectos egipcios y recientemente procesada por ser la Jefa de una Banda, se lamentó por la inacción del Estado y por la muerte de una joven compañera (Micaela era militante del FPV). Es ahí cuando el asco emerge desde cada uno de mis poros. Pueden soslayar la decana Saintout y la ex presidente de los argentinos que el Juez Rossi, que liberara a un violador reincidente -a pesar de las recomendaciones en contra del Servicio Penitenciario- sigue los preceptos del garantismo abolicionista del exjuez de la Suprema Corte Eugenio Zaffaroni? Puede Cristina Fernández de Kirchner olvidarse de que fuera ella misma quien nombrara en la Corte a un juez que no considerara como violación el obligar a una menor de 10 años a practicarle a un hombre el sexo oral con la luz apagada? Ya tengo por el piso mis cojones de tanta hipocresía, de tanto sesgo ideológico, de tanta basura consuetudinaria y contradictoria. Estoy harto de los hashtags inocuos, de la falacia, del oportunismo preelectoral, de la profundización de las grietas, de la escatología dirigencial, del avance de sectores violentos que subidos al caballo de la indignación popular organizan tetazos o parodian abortos en la vía pública frente a una Catedral. El dolor nos deben unir, no separar; si nos separa es que no servimos para una mierda y nos debemos resignar a vivir en un país chato, contradictorio, resentido y lleno de heridas sin suturar. Y si quieren les sugeriría un hashtag más coherente y efectivo, mucho más que un simple juego de palabras: #NiUnoMás. Sí, ni un juez garantista más, ni un violador serial más dejado en libertad, ni un político incoherente y oportunista más que se rasgue las vestiduras cuando previamente priorizara los derechos humanos de los delincuentes. Malandrines habrá siempre, aprovecharán cada resquicio de desunión para cumplir sus propósitos innobles. Me preocupa más el silencio de los justos, la apatía de algunos y la candidez de tantos... @Druidblogger

2 comentarios:

  1. Muy buen análisis el tuyo Pablo, nos hemos perdido en discusiones binarias, tratando de demostrar una razón que nadie tiene por completo. El individualismo en el que hemos caído no nos permite entender que esto no es cuestión de géneros, que se trata de algo más, que hay valores primordiales que se han perdido. El fin último del derecho es impartir justicia y ésta solo se logrará cuando se vuelva a lo esencial que es el derecho a la vida, sin distinción de sexo, edad,ideas políticas,etc. Hemos perdido el respeto por ese valor universal... Qué nos pasó? Cuándo haremos muestra propia autocrítica?

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    1. Gracias por tu generosa devolución, Mary, y por complementar tan argumentalmente mis impresiones. Beso grande!

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