jueves, 4 de marzo de 2021

LA CASA INCIERTA

La adquirí hace varios años, cierto día del que no he guardado registro.
Y por razones que no puedo precisar nunca llegué a ocuparla.
Busco afanosamente la escritura en mis carpetas y documentos, en cajones, en folios, pero sin resultado favorable.
Sin embargo sí acumulo recuerdos de mis visitas para revisar correspondencia, poner orden, intentar algún arreglo menor, ventilar el ambiente, organizar anaqueles, quitar el polvo del piso, el mobiliario y el viejo cortinado de trama color trigo.
En ella emocionalmente me encuentro, su ambiente me es amigable. Allí respiro un suave aire de afín melancolía.
Es de tipo chalet, de los sesenta, y por más que el tiempo le haya dejado sus huellas fue erigida con materiales nobles.
Sus paredes de 30 centímetros, su parquet oscuro, sus fuertes rejas a rombos la constituyen en una de las más antiguas del barrio.
El ropero del dormitorio, donde guardo varias mudas de ropa, es más amplio y completo del que actualmente dispongo.
La cocina es algo oscura por la tarde, pues mira hacia el sur, y cuenta con alacenas espaciosas, un escobero blanco y una mesita de fórmica gris pegada a la pared.
Han intentado intrusarla pero la casa resiste con añeja hidalguía. Imposible no sentirme culpable por dilatar mi mudanza y dejarla a su suerte y en absoluta soledad hasta mi siguiente visita.
La casa siempre ofrece algún cambio.
Las ventanas pueden lucir más o menos amplias, la puerta más o menos ancha, a veces según la ocasión hay un portón de reja o uno ciego. Las paredes pueden cambiar de color, y algunas macetas extra aparecer o desaparecer.
Mi memoria, siempre sólida para guardar fechas, nombres, episodios, se viste de bruma cuando de ella se trata, la casa metamórfica
Emplazada en una calle arbolada de Parque Costa, en adyacencias de la Plaza de los Españoles, tiene en la vereda un robusto paraíso y sus silencios suelen cortarse con el paso del tren.
Y si bien raramente se los ve, los vecinos no tienen rostro.
Con frecuencia me pregunto por qué no la habito definitivamente si tanto se me parece.
Sus fisuras en tabiques y alféizares son las mismas que las que lleva mi alma.
Muchas de sus tejas han corrido el mismo destino de mis cabellos.
La quietud vespertina en su seno es la que necesito, aunque por lo general percibo no estar solo entre sus muros sombríos.
Sus espacios parecen esconder historias sórdidas pero prefiero no escudriñar demasiado. Suele decirse que "quien busca lo que no debe, halla lo que no quiere". Nadie me las ha referido, pero las presiento, sobre todo cuando la joven noche comienza a ofrecer sus rumores.
Cuando aún podía entrar he visto a las cortinas moverse, ligeramente, sin atisbo de brisa. Algún crujido en los tirantes de madera me sobresaltaba al principio hasta que, por tan naturales, fueron marcando el ritmo y pincelando lo cotidiano.
Su fondo no es tan grande. Lo flanquean canteros con plantas y enredaderas y casi no tiene césped. Cuenta con un piso de baldosones que muere en un portón de madera, con entrada de auto hacia la otra calle, rodeado de ligustrinas.
Nadie sabe de mi casa misteriosa.
Llegué a tal conclusión porque no me preguntan por ella. Ni familiares ni amigos. Y porque cuando en conversaciones se habla de nuestras casas yo me refiero naturalmente a la que hoy habito, la humilde y pequeña de la calle Pedro Goyena, a espaldas de Sarmiento.
Sólo yo conozco los recovecos de la casa incierta. Sus rincones, sus recodos, su pasillo con biblioteca, sus azulejos de época.
Y nadie entró conmigo para una tarde de mate, un vermouth de amigos o una noche de amor.
Llegó el día, sin embargo, en el que extravié sus llaves. Vaya a saber uno dónde. Y ningún cerrajero me brindó su servicio de asistencia.
Tampoco hubo frase mágica, oración, conjuro, un "ábrete Sésamo" que me permitiera ingresar.
Ya han pasado meses desde que debo conformarme con mirarla desde afuera, y sentir que en su corazón de ladrillo y cemento el polvo se acumula, o que las hendijas en los cielorrasos pueden dejar filtrar humedad extranjera.
Es más, ayer quise llevarme una prueba fotográfica de su frente para exhibir a los míos. Con el celular intenté tomar una foto pero la imagen, caprichosamente, se movía; o no podía acercarla, o la veía dada vuelta, o el lente se nublaba. Se me hacía imposible enfocar, conseguir una buena toma.
Pero no quise permanecer más tiempo en la vereda -mi propia vereda- para no inquietar a los residentes cercanos. Ellos aún no llegan a conocerme y en la atmósfera flotaba la sospecha.
Me fui rápido, casi como un ladrón, gambeteando arbustos y apurando el paso.
Mi casa, no obstante, allí sigue.
Me espera para cuando pueda vencer su infranqueable escudo.
Sé que no hay nada más real que mi casa incierta.
Y que cuando en ella more, cuando reconquiste su variable geografía, me mimetice con sus plantas, me abrace a sus muros y mis vecinos cobren rostro, pocas cosas serán mas ciertas en lo que reste de mi vida.


Pablo   / @DruidbloggerOK






9 comentarios:

  1. Cuánto de incierto tendrá o sólo serán certezas que esquiva el relator?

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Vaya uno a saber.
      Los sueños suelen dar respuestas a nuestras preguntas.
      Cuando retome mis caminatas encararé para ese barrio cercano. Acaso encuentre la casa y se aclaren más ciertas incertidumbres.

      Eliminar
  2. Que lindo Pablo! No te conocía esta faceta..me encanto

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, quienquiera seas.
      Me aparece como remitente desconocido.
      Pero por lo que veo sé de vos.
      Mil gracias, abrazo.

      Eliminar
    2. Soy Andy de Twitter, no se xq sale desconocido..

      Eliminar
    3. Ahora sí me aparece tu nombre!

      Eliminar
  3. Hermoso relato, sin querer me trasladé a esa casa y recorrí esa cocina y me senté en el piso y me.perdi en su jardín...gracias por ese paseo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Qué generosa, como siempre lo has sido!
      Y qué bello es saberte.
      Es una casa con la que vengo soñando desde hace años. Cuando retome mis caminatas iré por ese barrio a ver si hallo alguna parecida. Un besote, querida Mary

      Eliminar
  4. Hermoso relato, sin querer me trasladé a esa casa y recorrí esa cocina y me senté en el piso y me.perdi en su jardín...gracias por ese paseo.

    ResponderEliminar

Gracias por tu comentario!