lunes, 31 de diciembre de 2018

EL AÑO QUE DEJO


Los años transcurridos no son sólo largos collares de días, enhebrados como perlas de distinto brillo.
Mucho menos números gélidos y progresivos, inexorables, vacíos.
Son en cambio paisajes descubiertos.
Son sorpresas y serendipias.
Son luces y sombras que juegan su juego.
Son nombres de personas que llegan o se alejan.
Son besos recibidos.
Son raspones, en las rodillas o en el corazón.
Son pequeños y grandes milagros.
Son pérdidas, siempre irreparables.
Son recomienzos.
Son mates compartidos.
Son renacimientos.
Son viajes, geográficos o temporales, que debemos terminar en gozo.
Son quebrantos y volver a foja cero.
El año que se marcha me ha dejado algunas lecciones como legado.
Me ha quitado cabellos y sumado surcos.
Me ha propuesto desafíos que pude ir sorteando y algunos a los que, como procastinador inocultable, he dejado para el entrante.
En él pude morir entrando a su mejor momento.
En él maldije y agradecí, pedí tanto perdón como paciencia, lloré y reí.
En él me acerqué más a Dios, hice nuevos amigos y he vivido dulces reencuentros.
Y por todo y a pesar de todo en él he sido feliz.
Que no es poco, amén de una señal inequívoca de que no ha transcurrido en vano…


Pablo  / @Druidblogger




2 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Muchas gracias, mi querida Zil!!
      Que tu 2019 te traiga todas las buenas nuevas que largamente merecés!
      Besos y abrazos!
      Pablo

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