sábado, 10 de enero de 2026

CATÓLICOS, LOS PRIMEROS CRISTIANOS

En muchos videos de youtube, vinculados a debates y conversaciones sobre apologética, observo que los evangélicos hacen con frecuencia una llamativa diferenciación a la hora de marcar posiciones teológicas.
Cuando hablan de ellos y de nosotros lo hacen aludiendo a “los cristianos y los católicos”
Como si los católicos fuésemos cultores de una religión sin Cristo como centro.
Primero lo atribuí a la ignorancia, pero con el tiempo amplié mi percepción, ese “equívoco” es también, si no un intento de manipulación un directo acto de arrogancia.
Es coherente, así nació el protestantismo: “protestando”, luchando, generando una revolución contra lo establecido, contra un estado de cosas que llevaba un milenio y medio de existencia. Una división, muy conveniente para los príncipes alemanes.
Gente sin paz que pretendió corregir aquello que era creído y aceptado desde el vamos.
“Martín Lucifer” -me robo una ocurrencia ajena- consideró como “epístola de paja” a la de Santiago 2:27, y estuvo a punto de eliminarla de su biblia; tal como hizo con los 7 libros deuterocanónicos del Antiguo Testamento, simplemente por considerarlos “no inspirados” y contradiciendo el resultado de largos debates en concilios, sínodos y hasta a los padres de la Iglesia, discípulos directos de los apóstoles.
De allí en adelante esos evangelios, arbitrariamente, empezaron a ser llamados por el protestantismo como “apócrifos”, con una autoridad absolutamente autoconferida y desafiando tanto a la patrística entera como a los doctores de la Iglesia que lo precedieron.
La puerta contra la que Lutero entró a empellones quedó abierta, el Cristianismo sufría así una herida brutal por la que luego se colaron Juan Calvino, Zwinglio, Enrique VIII, Wesley y tantos otros que se arrogaron la facultad de ser exégetas verdaderos de las enseñanzas de Cristo.
Hubo un desafío fuerte, luego imitado una y mil veces, rehabilitando esos viejos tiempos en los que la Iglesia se defendía contra arrianos, donatistas y nestorianos; y más tarde con valdenses y albigenses.
Hoy nos hallamos ante 40 o 50 mil denominaciones “cristianas”. Fruto de nuevas divisiones que, con los años, crecieron en forma geométrica. Pues la puerta que abriera el ex monje de Wittenberg quedó abierta, favoreciendo el surgimiento de nuevos paradigmas, de nuevas vertientes revolucionarias cuestionadoras del Catolicismo.
No resultó difícil, por tanto, el crecimiento de desacuerdos doctrinales entre los revisionistas pseudocristianos.

Unos permiten el bautismo de bebés, otros no.
Unos consideran a María como partícipe vital en la Redención, otros no.
Unos creen que Jesús tuvo hermanos de sangre, otros no.
Unos aceptan la idea de una purificación previa antes de llegar al Cielo, otros no.
Unos aceptan diaconisas, otros no.
Unos aceptan pastores del grupo LGBT, otros no.
Unos respetan el shabat, otros no.
Unos practican la “sola scriptura”, otros son soloístas bíblicos.

Podría continuar, indefinidamente, con las enormes posiciones antagónicas entre bautistas y presbiterianos, luteranos y pentecostales, metodistas y anglicanos.
Me detengo entonces en algo que Cristo pidió y que, de haberse respetado, jamás podría haberse generado un racimo tan grande de concepciones teológicas.
Cristo pidió “unidad”. Y no lo hizo solo para evitar apreciaciones particulares, que a la postre derivarían en un caos de posturas doctrinales, fue sobre todo para que todo el mundo conocido creyera en Él, y que Él se trataba ni más ni menos que del HIJO DE DIOS -Juan 17-21-
Qué fastidio me genera -imposible ocultarlo- la osadía que muestran los hermanos separados. ¿Cómo se les pasa de largo que fueron sus antecesores quienes eligieron apartarse de la Iglesia primigenia? La única erigida por Cristo, Él como piedra angular y con Pedro como piedra visible -Mt, 16-18-
Qué atrevimiento aquél de atribuirse ellos la práctica de la sana doctrina.
“Nosotros somos cristianos, ustedes son católicos” suena equivalente a lo que los estadounidenses piensan de sí mismos como los verdaderos americanos, olvidando que su raigambre anglosajona ancló en el continente un siglo después que la Corona Española y con cartas náuticas confeccionadas por españoles. Y que a la independencia de Inglaterra la consiguieron gracias a la ayuda de Bernardo de Gálvez, que gestionara una ayuda de España de un millón de reales de a 8, pertrechos, hombres, armas, alimentos y hasta les dio el nombre como nación.
Veía ayer el desparpajo y la ignorancia de una jovencita bonaerense que pretendía darle clase a un avezado apologista católico, con tono agresivo y un rictus de enojo cincelado en su rostro. La pobre ya partía de una base errada, se decía “latina”. Más allá de sus rasgos de inocultable mestizaje, veo en su caso al de tantos hispanos que se creen latinos, evidenciando una mente colonizada por filosofías e idiosincrasias que no les son propias.
Se creen latinos pues hoy es lo políticamente correcto, independientemente de que se trate de un error grave, o porque alguien se los mal enseñó, o simplemente por lo que empezaron a creer sin habérselo cuestionado nunca.
Si bien el de América Latina es un concepto nacido en Francia con Napoleón III, fue abrazado por los EE.UU. para quitar relevancia a España a nivel continental, no es inocente tal denominación.
Y así como desde EE.UU. se habla -por ejemplo- de la entrega de los premios Grammy “Latinos” y ningún hispanohablante lo refuta, también por la religión el universo anglosajón penetra en su propia percepción, y a través de un término deliberadamente falso la idea finaliza en su logos.
Así, cuando tan solo décadas atrás un habitante del Río Grande hacia abajo no dudaba que en la Eucaristía estaba presente el cuerpo de Cristo, desde los años 70 puede tomarlo como una herejía; o puede creer lo que le asegura el pastor Pepe de la esquina de su cuadra, que puede confesarle sus pecados directamente a Dios sin necesidad de hacerlo en una iglesia y delante de un sacerdote: nótese que desde Lutero no solo se mutiló la Biblia sino que se cercenaron sacramentos, ¡vaya osadía!
De tal modo, empezaron a verse por nuestras barriadas a personas de tez cetrina y evidentes rasgos amerindios, declamando discursos en defensa de -entre otras- posturas como la predeterminación, tan propias de los protestantes, blancos y anglosajones que creyeron desde un principio que pertenecían a la raza elegida -allí otro error: las razas no existen, todos somos "homo sapiens sapiens"-; por lo que al llegar a América, en lugar de evangelizar a los indios como hicieran los españoles, comenzaron a exterminarlos en forma deliberada.
¿Conocerá Jennifer, esa linda morocha evangélica, tales paradojas de la historia? No por el momento, con el protestantismo consumió inocentemente el veneno negrolegendario.
No es mi intención, mucho menos mi potestad botar del Cristianismo a quienes se apartaron de mi Iglesia. Lejos de ello.
Pero no quieran intentarlo ustedes con los católicos, los primeros cristianos.
Nuestros sacerdotes son los verdaderos ministros que recibieron de Dios el Santo Crisma, a través de los obispos -επίσκοποι- sucesores de los apóstoles y con 2.000 años de sucesión apostólica ininterrumpida.
La Iglesia es llamada “católica” por vez primera por Ignacio de Antioquía -Καθολική εκκλησία-, obispo designado por el apóstol Juan en el siglo I, antes de ser devorado por los leones en el circo romano.
Católico no significa solo "universal" en griego koiné, presupone ontológicamente aceptar el mismo depósito de la fe.
Me surgen, ya casi finalizando, algunas preguntas:
¿Cuántos evangélicos pentecostales murieron en la arena romana?
¿Cuántos miembros de la asamblea de Dios o de la luz del mundo culminaron con su cabeza clavada en una pica?
¿Cuántos bautistas murieron crucificados?
¿Cuántos metodistas fueron lapidados por defender su fe?
¿Cuántos presbiterianos fueron devorados por el fuego?
¿Cuántos calvinistas murieron en La Vendeé?
¿Cuántos anglicanos cayeron en el norte de África en manos del islam, que casi borra al Cristianismo de la región?
¿Cuántos adventistas estuvieron presentes en los concilios de Jerusalem, Constantinopla, Cartago, Nicea y Calcedonia?
Los protestantes pueden creerse cristianos y está todo bien, hoy día mucha gente puede autopercibirse como cualquier cosa, como lo que sea, vivimos en los que Zygmunt Bauman llama "tiempos líquidos", volátiles, metamórficos.
Lo que sí les pido, por Cristo y en honor a Él, es que sean más respetuosos.


Pablo  /  @DruidBloggerOK







2 comentarios:

  1. Excelente Pablo querido!!! Claro, didáctico educativo y con fundamento histórico! Amén 🙏

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    1. ¡Gracias, querida Andrea! !Sos muy generosa, me alegra mucho que lo hyayas ponderado así!

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